
La irrupción de la Operación Furia Épica en Medio Oriente, marcada por los ataques directos de Estados Unidos e Israel contra territorio iraní, pateó el tablero de la geopolítica mundial. Este jueves, mientras los ojos del mundo siguen las explosiones en Teherán y el cierre del estratégico Estrecho de Ormuz, el frente ucraniano atraviesa uno de sus momentos más dramáticos. El gobierno de Volodímir Zelensky observa con impotencia cómo los recursos militares de Occidente, especialmente los sistemas de defensa aérea Patriot, se desvían hacia el Golfo Pérsico para proteger bases estadounidenses y activos aliados.
Rusia aprovechó este vacío de atención y suministro para profundizar su ofensiva de primavera. En las últimas 24 horas, las fuerzas del Kremlin ejecutaron un bombardeo de saturación sin precedentes, disparando cerca de 1.000 drones de ataque y decenas de misiles balísticos contra once regiones de Ucrania. El ataque no solo buscó destruir la infraestructura energética, sino que golpeó puntos sensibles como el Complejo Monasterio Bernardino en Leópolis, patrimonio de la UNESCO. La táctica de Moscú es clara: agotar las reservas de munición interceptora ucraniana mientras los proveedores internacionales priorizan la nueva guerra contra el régimen persa.
El avance ruso sobre los bastiones del este
En el terreno terrestre, la presión se concentra con furia en la región del Donbás. Tropas rusas lograron tomar en la madrugada de ayer una localidad estratégica ubicada a apenas 20 kilómetros de Sloviansk y Kramatorsk, los dos últimos grandes bastiones ucranianos en la zona industrial. El Ministerio de Defensa ruso confirmó el uso de armas de precisión de largo alcance y artillería pesada para quebrar las líneas defensivas en el eje de Rai-Oleksandrivka. Kiev, por su parte, respondió con una contraofensiva de drones que alcanzó la refinería Tijoretsk-Nafta en Krasnodar y objetivos militares en Sebastopol, buscando asfixiar la logística de suministro enemiga en Crimea.
La reorientación estratégica de Washington bajo la administración Trump es el factor que más preocupa en los pasillos de poder ucranianos. El Pentágono ordenó poner la base industrial «en pie de guerra» para sostener el conflicto en Irán, lo que ralentizó las entregas de armamento prometidas a las Fuerzas Armadas de Ucrania. El aumento del precio del crudo por la crisis en el Estrecho de Ormuz inyecta divisas frescas a la maquinaria bélica de Vladímir Putin, permitiéndole sostener un nivel de bajas récord que supera los 8.000 soldados por semana en pos de avances territoriales mínimos pero constantes.
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